Aunque Edward Taub continuó mejorando la terapia de movimiento inducido, aún tenía preguntas más amplias sobre la neuroplasticidad del cerebro adulto. En la primavera de 1995, se encontraba en Alemania en compañía de su esposa para reunirse con alguno de sus colaboradores científicos. Durante una cena con Thomas Elbert, de la Universidad de Constanza, Taub le preguntó si había una actividad normal humana en la que se presentara un gran aumento en el uso de una mano con respecto a la otra. Mildred Allen, su esposa soprano, quien era la solista de la Ópera de Santa Fe, dijo: “es muy sencillo: la mano izquierda de los músicos que tocan instrumentos de cuerda”.

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Cuando un músico diestro toca el violín, los cuatro dedos de la mano izquierda se mueven continuamente por el diapasón, razón por la cual se les denominan “los dedos que tocan”, mientras que el dedo gordo sujeta el cuello del violín, cambiando muy poco de posición, y los dedos de la mano derecha escasamente ejecutan movimientos depurados. Si una parte del cuerpo demandaba más del espacio de la corteza destinado para ella, eran los cuatro dedos de la mano que pulsan las cuerdas.

Para ver si esto era cierto, Taub y sus colegas reclutaron a seis violinistas, a dos violonchelistas y a un guitarrista que habían tocado instrumentos durante un período de siete a diecisiete años. Y para establecer una comparación, reclutaron a seis personas que no tocaban ningún instrumento. Los voluntarios permanecieron sentados, mientras un aparato aplicaba una presión leve en sus dedos; era una versión del aparato que había utilizado Merzenich para tocarles la piel en un experimento con monos. Mientras tanto, un magnetoencefalograma registraba la actividad neuronal de la corteza somatosensorial. El grado espacial de actividad en el que fue estimulado el dedo índice izquierdo -por ejemplo- indicaría la cantidad de espacio cortical destinado a recibir las sensaciones de ese dedo.

En ese sentido, no hubo diferencia entre los músicos y el otro grupo cuando se registró la sensación de los dígitos de la mano derecha, pero sí hubo una sustancial en la cantidad de espacio cerebral destinado a los dedos más utilizados por los músicos, según quedó consignado en el informe científico. El espacio cortical destinado a registrar las sensaciones de los dígitos de la mano izquierda de los músicos fue mucho mayor que la del otro grupo. La diferencia fue más notoria en aquellos que comenzaron a tocar antes de los 12 años.

El estudio captó la atención de los medios, y para consternación de Taub, casi todos los cronistas insistieron en que un cerebro dispuesto desde una edad muy temprana a las exigencias propias de tocar violín presenta mayores alteraciones en un cerebro que recibe exigencias a una edad más tardía. Taub creyó que esto era poco sorpresivo y casi trivial. Lo importante, dijo él, era que el área cortical destinada a los dedos encargados de tocar los acordes había aumentado incluso en las personas que habían comenzado a tocar cuando eran adultas. “Todos sabían” que el cerebro de un niño tiene una plasticidad natural, expresó él, de modo que se suponía que sus cerebros cambian cuando utilizan sus dedos repetitivamente al tratar de obtener los sonidos apropiados. La verdadera noticia, dijo él, era que “también se presenta reorganización cortical dependiente del uso aunque la persona comience a tocar el violín a los 40 años”.

Para un ortodoxo, también existía otra posible conclusión lógica: que las personas que nacen con más espacio cortical dedicado a los dedos con los que se toca un instrumento de cuerdas tienen una ventaja natural y, por lo tanto, presentarían una mayor tendencia a tocar violín que alguien cuyo cerebro no haya destinado un espacio adicional para esos dedos. Pero si se toman los resultados en conjunto con lo que Merzenich había observado en los monos -que la estimulación sensorial adicional aumenta la región del cerebro que se especializa en procesar la información táctil-, la interpretación de Taub tiene sentido, pues mientras más se utilicen los dedos de tal forma que la sensibilidad se agudice -como cuando se toca el violín-, el cerebro tiende a reaccionar y a distribuir un mayor espacio cortical. La relocalización se presenta incluso en músicos que comienzan a tocar después de la infancia, mostrando que la reorganización según el uso no es exclusiva de un cerebro joven. Sin importar edad a la que comienza a tocar un músico, mientras más años de práctica tenga, mayor será la representación en su corteza motora de la mano con la que toca los acordes.

Sharon Begley, Entrena tu mente – Cambia tu cerebro

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